Desde que he descubierto las carreras de montañas, una nueva dimensión del atletismo ha irrumpido en mi vida, que en todos los años de carrera en pista no había podido valorar.
Para empezar, y lo más importante, es que por fin he conseguido romper contra la esclavitud del crono y disfrutar de este deporte por el único placer de salir a correr tanto en el campo, como en la montaña o en la ciudad. Simplemente por hacer deporte y pasar un buen rato con los amigos o en soledad.
Atrás quedaron los entrenos al límite, y la tensión de las competiciones, ahora las sesiones son por sensaciones, da igual el tiempo y la distancia, lo único importante es salir y romper con la monotonía laboral.
Ahora son horas, días y meses planificando nuevas carreras, rutas y retos, esperando los fines de semana para poder subir a la sierra o la montaña, con la mochila, el mapa, la brújula o el gps y poder perderte unas horas o días y lograr correr en libertad
Pero como todo aquel que compite de vez en cuando a uno le entra el gusanillo de la velocidad, y por unos instantes quizás durante una bajada, una recta, una subida o un sprint final, aceleras y sientes volar. Al llegar poco importan las clasificaciones, no tienes que esperar ningún trofeo, porque ya se consiguió la gesta y lo único que te dice la cabeza es: “a por otro reto más”.
Por eso este artículo va dedicado a todas las personas que como yo, el único adversario, es la carrera en si misma, disfrutar de la naturaleza y donde llegar es la máxima y única recompensa.
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